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lunes, 29 de abril de 2013

Historias de calle y de aulas.


Por Lorena Espinoza Arévalo.
calles-limpias-cienfuegosCuando recibí la invitación para escribir en este blog cubano, me pareció entretenido. Dado el “éxito” de mi primera historia, me han pedido otra. La cuestión es que me estoy dando cuenta de que se está convirtiendo en un ejercicio de la memoria fenomenal. Hay muchas cosas que recuerdo y otras, obviamente no. Las hubo buenas y malas, pero creo que lo quedó marcado a fuego en mí, fue constatar que la idiosincrasia cubana es simplemente increíble.
Acostumbrada a vivir en una ciudad relativamente “fría”, que se llama Temuco y que está a 700 km de Santiago, con 8 meses de invierno y en un país bien aburrido en lo público (en lo privado los chilenos somos tremendos), llegar  a vivir al Caribe no es fácil. Ya tú sabes.
La primera vez que salí a la calle, el sol casi me partió en dos. Era marzo y los pocos conocidos me decían, “espera a que llegue julio y agosto”. Yo no tenía carro y francamente me daba tremenda lástima subirme al carrito que tira el caballo para transportar a la gente, y la guagua (¡¡¡la guagua!!!! así le decimos en Chile a los recién nacidos y hasta que tienen como un año más o menos) era de recorrido irregular, así que en esa época yo “di mucha pata”.
El primer encontronazo que tuve con otro cubano común y silvestre que se me cruzó fue insólito (para mí, chilena, joven y poco familiarizada con la exuberancia cubana). Iba yo por la Avenida 35, comiendo helado. Y de repente, pasa un cochero que me grita “Mimaaaaaaaa…no comas tanto helado que te vas a poner gorda!”   (¿Qué?, ¿Cómo?, ¿Es cierto lo que escucho?) Y se me salió la chilenidad: “Y a ti que te importa, gueón, lo que yo coma o lo que deje de comer!”.  Obviamente el tipo no entendió nada, pero mi tono de voz no fue amistoso, a lo que muy divertido me contestó: “Ay, mima, no te pongas brava que te vas a poner vieja”. Sí, esa fue mi primera lección con un macho cubano.  En otra oportunidad, iba yo por el Boulevard con mi java (bolsa de plástico en chileno), llena de verduras. Y aparece uno que va y me grita: “Niña, pero tu pareces conejo con tanto verde que llevas ahí”. Este tipo de acercamientos verbales son impensables en país como Chile. Escasamente los hombres te miran en la calle y de vez en cuando algún obrero de la construcción desde lo alto de sus andamios te grita alguna galantería o una sandez irreproducible aquí. Y como la proxémica es cosa seria, un día, por la calle de la placita había dos muchachos sentados en la acera. Y una de ellos va y me dijo algo, no recuerdo qué, pero me lo dijo muy cerca y le di un manotazo. El que estaba al lado, se puso a reír con ganas mientras le gritaba “ehhh asereeeee lo que te pasó por descaraó”… Y yo, obviamente, huí.
Luego, para explicarme mejor, en Chile, para decir que alguien es así medio guanajo, tonto, leso, físicamente utilizamos un gesto que es poner la mano hacia arriba con los dedos abiertos. ¿Se entiende? Bueno, al principio yo quedaba espantada cuando estaba parada en alguna esquina, tratando de coger botella (hacer dedo) y el chofer del auto me veía y me ponía la mano así como les expliqué. “¿Será que me dice que parezco tonta?”. Nooooo…craso error, era que el carro iba lleno.
Cuando tenía casi un año de residencia cienfueguera, hice un curso de comunicación, a cargo del profesor Rafael Armas Moya, en la U. de Cienfuegos. Tal vez, como periodista, yo iba a entender mejor los misterios de la cultura -en lo teórico-, de las costumbre sy otro sin fin de cosas que me podía dar la academia.  Era la única extranjera en una sala repleta de nuevos compañeros, casi todos ellos administrativos contables, que estaban en su primer “aproach” a lo que hoy conocemos como “coach”.
La idea era que nos comunicáramos, primero con nosotros mismos, para poder entender cómo nos veía el resto. Causé sensación, primero porque hablaba como guajira (ya lo dije, el acento chileno se presta para eso) sin serlo y además  era como que parecía cubana pero no lo era. Conté mis anécdotas, aventuras y desventuras.  Sí, porque yo me cruce con algunos comemierda (como el pajero aquel detrás de los matorrales de la calle del estadio), comí cable para el huracán Michelle, y una vez un policía me confundió con una jinetera (con todo mi respeto a las mujeres).
A la clase siguiente, llegó una chica  -no puedo recordar su nombre- con el siguiente texto, que quiero compartir con ustedes, por si alguien no lo conoce. Sólo para que me quedara claro, de qué estábamos hablando y donde yo vivía:
Preguntósele una vez al profeta: – ¿Maestro, qué cree Ud. de los cubanos?.
Recogió el Patriarca en un puño su inmaculada túnica, frunció el ceño y con voz trémula dijo:
-Los cubanos están entre vosotros pero no os pertenecen, pues no son de vosotros. Los cubanos beben en una misma copa la alegría y la amargura. Hacen música de su llanto y ríen de su música; toman en serio los chistes y hacen de todo lo serio un chiste; creen en Dios, en Changó, en la Ouija, en la Charada y en el Horóscopo al mismo tiempo. Creen en todo y no creen en nada.
-¡No oséis discutir con ellos jamás! Los cubanos nacen con la sabiduría propia y no necesitan leer, todo lo saben. No necesitan viajar, todo lo han visto. Los cubanos son el Pueblo Elegido… por ellos mismos. Se caracterizan individualmente por su simpatía e inteligencia, y en grupos por su escandalera y apasionamiento. Cada uno de ellos lleva en sí, la chispa del genio… y ya se sabe que los genios no se llevan bien entre sí; de ahí que reunir a los cubanos es muy fácil, pero unirlos es imposible.
Jamás habléis de lógica con los cubanos, pues ésta implica razonamiento y mesura, y ellos, son hiperbólicos y desmesurados. Si os invitan a comer, no es “al mejor restaurante del pueblo”, sino “al mejor restaurante del mundo”. Cuando discuten, jamás dicen: “No estoy de acuerdo con Ud.”, sino “Está Ud. completamente equivocado”.
Poseen marcadas tendencias antropofágicas, pues decir: “Se la comió”, es signo de admiración. “Comerse un cable o comer soga”, es señal de situación crítica y llamar a cualquier persona “Comemierda”, es su más usual y lacerante insulto. Los cubanos son tan amantes de las contradicciones que llaman “monstruos” a las mujeres hermosas y “bárbaros” a los eruditos.
Son capaces de ofrecer soluciones antes de conocer los problemas, por eso acuñan la frase de: “No hay problema (aunque se estén muriendo de hambre). Cuando visité su Isla me admiró el hecho de que cualquier cubano sabía como encauzar económicamente América Latina, como eliminar el hambre de los pueblos africanos, como liquidar el comunismo y como enseñar a los rusos y a los americanos a ser potencia mundial. Cuando quise predicar mis ideas, comenzaron por indicarme, pletóricos de bondad, como debía comportarme para ser un buen predicador y de que forma debía expresar mis ideas para hacerme más asequible…
Después se quejan, se asombran, se molestan y se insultan porque nadie (excepto ellos mismos) comprenden cuan simples y evidentes son sus fórmulas… así viven en cualquier parte del planeta, sin acertar a entender por qué la gente no habla ni entiende su puñetero español.
El  texto fue tomado de una revista Selecciones de 1949
Su autor es el vasco Sardamelio Bonceñigo y Arbsturdiayrria
Lorena Espinoza Arévalo
Periodista.

jueves, 18 de abril de 2013

APRENDER A HABLAR (Y A PENSAR) DE NUEVO.


por Lorena Espinoza Arévalo

¿Alguna vez alguien, no cubano por supuesto, ha escuchado a hablar de un “pitusa”? ¿Qué me dicen de los blumers, ajustadores, kutaras, cristales, habichuelas, cachú y otro sin fin de palabras total y absolutamente caribeñas?

Bien, a mis 25 años, por esas cosas de la vida -léase casamiento y cambio de país-  yo llegué a vivir a Cuba, específicamente a Cienfuegos, La Perla del Sur, la ciudad más linda de la isla (según los propios cienfuegueros).

En ese entonces yo era joven, aventurera y con todo un mundo de curiosidades a mis pies. Así que rápidamente, en mi calidad de “recién llegada vecina” del Jagua, me adentré por las calles de mi nueva ciudad. Empezando por la Avenida 35, la Calzada, el Boulevard, el Prado y todas las calles caminables. Convengamos en que yo, chilena, nunca antes había vivido en otro país de habla hispana, por lo tanto no tenía ni la más remota idea de los modismos ni menos de la jerga popular cubana.

Mi primer choque fue en la placita. Sí, esa placita donde venden verduras (para mi placita es el diminutivo de Plaza, el Parque de los cubanos). E ilusamente llegué preguntando por porotos, porotos verdes, zapallos, sandías, paltas. Horror, nadie los conocía y de apoco fui entendiendo: los porotos son los frijoles, los porotitos verdes son las habichuelas, los zapallos las calabazas, la sandía es el melón y mis paltas son los aguacates.

Y así, día a día, con la ayuda de mi muy querida y recordada vecina Cuca, aprendí a hablar de nuevo. El auto ya no fue más. Se convirtió en el carro. La vulca chilena es la ponchera cubana y la ponchera de nosotros es la barriga. Es decir la guata (otro sinónimo chileno para barriga)  en Cuba no existe y es, según entendí, el relleno de los colchones. Qué decir de los vidrios, que durante mi estadía se transformaron en cristales y la salsa de tomates, fue puré.

Pero no puedo olvidarme de los pitusa. Palabra increíble para señalar los jeans. El ajustador es el sostén y los blumers son nada más ni nada menos que los calzones. Es que los cubanos son medio elegantes: nuestros vulgares pañales son para ellos el “pamper”. Nada raro, si consideramos que hay muchas marcas de productos que con el tiempo se convirtieron “en” el producto en cuestión. Aprendí que sucede en todos lados.

Y la kutura son las chalas y el cachú es el kétchup. Pero solo en el oriente del país se usa esta acepción, porque Cuba es una isla larga y con identidad, y en cada provincia hay modismos, costumbres y hablares distintos. A mí me decían que parecía oriental, porque mi acento chileno mezclado con el cubano, sonaba así  como de guajira, y porque tomaba café en jarro. Nótese, jarro, no taza. Porque la tacitas de café en Cuba son buchitos.

Todo este nuevo despliegue idiomático y de lenguaje me hizo pensar y re-pensar mucho. Demasiado. Porque si en un país hablan distinto, obviamente sus interpretaciones son distintas. “Mija, pero tu estas gordísima”, me decían…. Y yo moría. Porque ser gordo en Chile no está bien. Al tiempo, cuando yo hacía full dieta, alguien venía y me decía: “pero tú estás seca, tú te estás muriendo”. O sea, no había término medio. Entonces comprendí que la expresión “que gorda tu estas”, es casi un halago. Significa que tienes qué comer, no tienes preocupaciones y por lo tanto, lo que consumes, lo aprovechas. Porque al cubano y a la cubana no le gustan los flacos. Les gusta “tener algo que agarrar”, diría un chileno. O sea harta cadera, pechuga, pierna y poto (o sea, fondillo). ¡Y qué decir del coger! “Coge recto, coge a la izquierda, coge a la derecha, vira aquí, vira allá”. Bueno, coger es coger, ustedes me entienden. Y usarlo así de buenas a primeras es aterrador. Atrás también  quedó mi habitual ¿Alo?, para reemplazarlo por un cantarín “Oigoooo”! y un simpático “Mira para esto”!, se incluyó en mi vocabulario.

Mis visitas al dentista se convirtieron en hora con el estomatólogo, una ecografía era una resonancia, un “remedio para la guata”, se resolvía con una metoclopramida, y así suma y sigue.

Con el paso de los meses me adapté, me convencí y hasta me mimeticé, pero nunca dejé de ser “la chilena”. Cosa curiosa, porque cuando volví acá, pasé a ser “la cubana”. Y por mucho tiempo se me quedó pegado algo de cubanía y hasta el día de hoy cuando algo me sobrepasa y me molesta, digo que  “esto está del carajo pa´lante” y cuando quiero ser enfática con ciertas cosas  no me olvido de declarar  que “mira que hay que tener cojones”.

Lorena Espinoza Arévalo
Chilena, patiperra, periodista y con algunos aporreos en esta vida.